Por Verónica Rearte
La mañana del 3 de enero empezó distinto. Poco después de las seis, la noticia se confirmó y ya no hubo lugar para dudas: tras una serie de bombardeos sobre puntos estratégicos en Venezuela, Nicolás Maduro fue detenido. No fue un rumor más. Fue una confirmación que, para miles de venezolanos, marcó un quiebre inmediato.
Yo viví ese día cerca de ellos, y especialmente cerca de Pablo.
Pablo es venezolano y vive en la Argentina desde hace diez años. Llegó cuando tuvo que dejar su país casi de manera forzada. Estudiaba Licenciatura en Administración de Empresas y estaba a punto de recibirse cuando su universidad fue tomada por el régimen. Las aulas dejaron de ser espacios de estudio y el futuro, tal como lo había proyectado, se volvió inviable.
Como tantos otros, se fue buscando esperanza, buscando un futuro. Dejó una carrera inconclusa, a su familia y una vida que quedó suspendida en el tiempo.
Desde temprano esa mañana, Pablo estuvo en comunicación permanente con su familia en Venezuela. La noticia estaba confirmada, pero eso no anulaba la cautela ni la incredulidad. Diez años de exilio enseñan a no confiar del todo, incluso frente a los hechos más contundentes. Durante el día lo vi revisar el teléfono una y otra vez, responder mensajes breves, quedarse en silencio. La detención de Maduro no se procesaba solo como una noticia, sino como la posibilidad —todavía frágil— de resignificar todo lo perdido.
Recién por la tarde apareció otra necesidad: encontrarse. Compartir lo que estaba pasando. No vivirlo en soledad. A las cinco de la tarde, la comunidad venezolana comenzó a reunirse en el Obelisco, un lugar emblemático para los argentinos que esa jornada se transformó en escenario de una historia ajena y, al mismo tiempo, profundamente cercana.
Yo estuve ahí. Vi banderas venezolanas, abrazos largos, lágrimas contenidas. Vi a Pablo abrazar a desconocidos como si los conociera de toda la vida. Y entendí que no se trataba solo de una celebración política.
Venezuela atraviesa una de las diásporas más grandes del continente. Millones de personas dejaron su tierra en la última década. Muchos viven hoy en Argentina. Muchos, como Pablo, dejaron carreras inconclusas, familias lejos y una vida suspendida.
Tal vez desde afuera cueste dimensionar la magnitud de esa alegría. Habrá quienes piensen —y lo digan— que Estados Unidos no es la salvación, que detrás de cada movimiento hay intereses, que el petróleo sigue siendo una pieza central del tablero. Y probablemente tengan razón. Pero cuando el presente es asfixiante, toda opción parece mejor que la continuidad del dolor. Para quienes vivieron la persecución, el exilio y la ruptura de sus proyectos de vida, no se trata de geopolítica ni de discursos ideales: se trata de la posibilidad concreta de que algo —por fin— cambie.
Por eso, lo que se vivía en el Obelisco no era euforia vacía. Era una reparación emocional colectiva. La sensación de que la historia —por una vez— podía correrse del lugar del dolor permanente.
A través de Pablo entendí algo con claridad: la libertad no siempre se vive en el lugar donde se la espera. A veces aparece lejos, en otro país, en una plaza que no es la propia, rodeada de personas que comparten la misma herida.
Este 3 de enero no fue solo una fecha política. Para Pablo —y para tantos venezolanos— fue el día en que la esperanza volvió a sentirse posible.










